¿Qué hay detrás del maltrato de un menor hacia un animal? ¿en las familias es considerado el maltrato de un niño/a hacia un animal como una acción de alerta y de inmediata corrección? ¿qué puede indicar la crueldad infantil hacia los animales? ¿la violencia hacia animales por menores…es cosa de niños/as? un tema que se ha puesto sobre la mesa desde años atrás, soportado en diferentes investigaciones que relacionan la conexión entre la violencia hacia los animales y los humanos.

Este artículo recoge la publicación investigativa de la Revista de Bioética y Derecho por Nuria Querol Viñas, Médica y Bióloga. Investigadora de la Fundación de la Escuela de Prevención y Seguridad Integral de la Universidad Autónoma de Barcelona y la Universitat Oberta de Catalunya. Miembro de la Asociación Americana de Criminología, Especialista en crueldad hacia animales. Miembro de la Asociación Internacional para el Estudio de Trastornos de Personalidad.

Es la misma sensación si estrangulas un animal o una persona. Ya has sentido la presión en el cuello mientras intentan respirar. Estás estrujándoles la vida a esos animales y no hay mucha diferencia. Lucharán por sus vidas igual que lo hará un ser humano. Llega un momento en que matar ya no significa nada. Ya no me interesaban los animales y empecé a buscar víctimas humanas. Lo hice. Maté y maté hasta que me pillaron. Ahora pago por ello durante el resto de mi vida. Deberíamos parar la crueldad antes de que se transforme en un problema mayor, como yo.” Estas reveladoras palabras fueron escritas por el asesino en serie, Keith Jesperson Hunter, desde la Prisión del Estado de Oregón.


El trato que concedemos a los otros animales ha sido y es objeto de encendido debate, ya que una de las cuestiones fundamentales que subyacen es hasta qué punto es ético utilizar a otros animales como recursos por el mero hecho de pertenecer a una especie distinta a la nuestra. No olvidemos que nuestra sociedad trata a seres sintientes, con capacidad de experimentar placer y dolor, como si fueran objetos que han sido creados para nuestro uso (Bekoff, 2003, 2004; Singer, 1999; Lafora, 2004; Regan, 2006), cosificándolos y desnaturalizándolos, para ahorrarnos el sentimiento de culpa y evitar que nos cuestionemos la moralidad de nuestra relación con ellos.

Las primeras investigaciones sobre la relación entre la crueldad hacia los animales y los humanos, tuvieron lugar hace 40 años. Hace sólo una década, Arluke and Lockwood (1997) destacaban la creciente sensibilización de la sociedad hacia otras formas de violencia menos conocidas, expresando la necesidad de ampliar los estudios sobre el particular. Según Bryant (1979), la violación de las normas relativas al trato humanitario de los animales “seguramente constituyen los actos más ubicuos de entre los actos de desviación social”. Los animales son, a menudo, uno de los sectores más desprotegidos y más susceptibles de ser víctimas disponibles e indefensas, con escasa capacidad de respuesta, lo que, al igual que a otro tipo de víctimas, les hace especialmente vulnerables (Berkowitz, 1996; Urra, 1997; Echeburúa, 2004). Los actos violentos cometidos con los animales son contemplados como incidentes aislados
(Flynn, 2000).

¿Qué entendemos por crueldad hacia los animales?

La crueldad hacia los animales constituye uno de los síntomas del trastorno de conducta, además de considerarse un criterio diagnóstico fiable, aunque no exclusivo (Spitzer, Davies & Barkley, 1990). En la versión posterior del DSM-IV (1994), un trastorno de conducta era definido como un “patrón repetitivo y persistente de comportamiento en el que los derechos básicos de los otros o las normas sociales son violadas” con la presencia de tres o más criterios durante los 12 últimos meses con uno, al menos, durante los últimos seis meses. De los 15 criterios, sólo el A5 está relacionado con la crueldad hacia los animales y no ofrece una definición amplia de lo que se considera “crueldad”, lo cual supone uno de los obstáculos en el estudio de este tema (Cuquerella, Querol, Ascione, Subirana, 2003 y otros). Los investigadores empezaron desde entonces a perfilar una definición del concepto de crueldad y una manera de medirla: “representa un comportamiento objetivable y definible que acontece en un contexto social igualmente definible” (Lockwood & Ascione, 1998: 443). En una encuesta elaborada por Ascione, Thompson, y Black (1997), la crueldad hacia los animales se medía en términos de frecuencia y severidad. Guymer, Mellor, Luk, and Pearse (2001) desarrollaron el primer instrumento de criba (screening), para identificar específicamente la crueldad hacia los animales usando la definición de Ascione (1993) “comportamiento socialmente inaceptable que causa de manera intencional un sufrimiento, dolor o distrés innecesario y/o la muerte del animal”. No se incluyen, por tanto, y aunque causen sufrimiento innecesario a los animales, comportamientos más socialmente aceptados como la caza legal, la ganadería intensiva, la cría de animales por su piel, la experimentación científica con animales, espectáculos con animales (corridas de toros, rodeo, circo, zoos…). La definición de crueldad en relación a los animales también debería incluir —según varios autores— los actos de maltrato por negligencia cuando existe la intencionalidad de causar daño (Ascione, 1993: 228; Vermeulen & Odendaal, 1993: 249), diferenciándolo, por tanto, del hoarding o Síndrome de Diógenes con animales (Patronek, 1999; Fundación Altarriba, 2006). Existe, además, una diferenciación cualitativa digna de ser tenida en cuenta según se trate de animales invertebrados, vertebrados de sangre fría y vertebrados de sangre caliente (Ascione, Thompson & Black, 1997).

¿Qué tan frecuente se presentan casos de niños/as y la violencia hacia los animales?

Hay pocos estudios hasta la fecha que hayan examinado la prevalencia de crueldad infantil hacia los animales. En uno de sus primeros trabajos, Tapia (1971) describió las historias de niños entre cinco y 15 años derivados para evaluación. Su análisis encontró que los niños participaban en varias formas de maltrato hacia los animales y que, seis años más tarde, el 62% continuaba exhibiendo este comportamiento (Ringdon & Tapia, 1977). En otro estudio, se midió la cifra de crueldad hacia los animales en una muestra de niños en clínicas de salud mental y una muestra no clínica (Achenbach & Edelbrock, 1981), así como informes maternos por la Child Behavior Checklist (CBCL). La muestra clínica presentaba cifras de 10-25% comparadas con el 5% de la muestra no clínica; mientras que las investigaciones con menores (14-18 años) en régimen penitenciario revelaron cifras del 14 al 22% (Ascione, 1993). Un estudio comparó las cifras y las características de la crueldad hacia los animales en una muestra clínica y una no-clínica (comunitaria) (Luk et al, 1999), resultando que la crueldad estaba presente en casi un tercio de la primera y en un 1% de la segunda. Los investigadores vieron también que los niños presentaban cifras más altas que las niñas, y que los niños crueles tendían a mostrar, en mayor frecuencia y severidad, síntomas de trastorno de conducta, pobre dinámica familiar y percepciones elevadas de sí mismos; por lo que se sugiere la hipótesis de una asociación entre esta elevada autopercepción y crueldad hacia los animales con la presentación de rasgos psicopáticos en la vida adulta (Frick, O’Brien, Wooton & Mc Burnett, 1994).

Las experiencias infantiles de crueldad hacia los animales no están limitadas a muestras de delincuentes juveniles, sino que se ha detectado en otros tipos de población. En un estudio en adolescentes de una muestra comunitaria, casi el 50% explicaba haber experimentado crueldad hacia los animales (Flynn, 2000); de los cuales la mitad había sido testigo de actos violentos y un 20% los habían cometido. En el caso de los individuos que fueron testigos, mayoritariamente, relataban un acto; mientras que los perpetradores explicaban más de uno. En todos, la forma de crueldad más frecuente era la muerte de animales abandonados y la tortura.

Trastornos de personalidad

Gleyzer, Felthous, y Holzer (2002) hallaron en sus investigaciones una relación entre el trastorno anti-social de la personalidad y el hecho de tener antecedentes de crueldad hacia los animales, por lo que recomendaron a los psicólogos clínicos la consideración del estudio de la frecuencia, motivaciones, tipos de animales maltratados y naturaleza del maltrato.

Agresiones sexuales

En una muestra de violadores varones y pedófilos, se encontraron mayores cifras de crueldad infantil hacia animales (Tingle, Barnard, Robbins, Newman & Hutchinson, 1986) respecto de los no agresores sexuales. En este ámbito, un estudio muy conocido (Ressler et al. 1998) concluyó que, en una muestra de 36 asesinos y agresores sexuales, el 36% habían cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia, el 46% había sido cruel durante la adolescencia y el 36% persistía en la conducta en la edad adulta. Asimismo, en una muestra de jóvenes víctimas de abusos sexuales que presentaban enfermedad mental grave, se observaron mayores cifras de comportamiento sexual inadecuado, abuso de sustancias, reacciones post-traumáticas, síntomas disociativos y crueldad hacia animales (McClellan, Adams, Douglas, McCurry, Storck, 1995).

Crueldad infantil hacia los animales y la posible futura violencia interpersonal Clic para tuitear

Estudios generales

Kellert and Felthous (1985) fueron los primeros que proporcionaron una investigación en profundidad sobre el contexto y la dinámica que subyacen en los actos de crueldad hacia los animales. Para ello, entrevistaron a 102 criminales (32 con comportamiento agresivo, 18 moderadamente agresivo, y 52 no agresivos) y a 50 no criminales en Kansas y Connecticut sobre su comportamiento antisocial, su pasado, su entorno, su relación con los animales (incluyendo 16 tipos específicos de crueldad hacia ellos). Los participantes explicaron un total de 373 actos de crueldad hacia los animales; un 60% de los cuales participaron en al menos uno. Los investigadores descubrieron más tarde que el 25% de los criminales violentos cometieron cinco o más actos de crueldad hacia los animales comparado con el 6% de los criminales moderados o no agresivos y ninguno de los no criminales. En consecuencia, podemos decir que los análisis estadísticos revelan una asociación significativa entre la frecuencia de crueldad hacia los animales en la infancia y el posterior comportamiento agresivo hacia humanos. Merz-Perez y Heide (2003) destacan que la frecuencia indica un patrón de la escalada violenta en forma de crueldad hacia los animales.

Exposición a la crueldad

Por lo que se refiere a la exposición a hechos de crueldad hacia animales, Miller y Knutson (1997) entrevistaron a 314 presos (84% hombres) en el Iowa Medical and Classification Center que habían cometido delitos y encontraron que el 66% habían herido o matado animales o bien habían sido testigos de alguien que lo había hecho. Los entrevistados respondieron a preguntas tales como “¿quién estaba involucrado, qué animales fueron maltratados, qué sucedió?, el número de incidentes, y si hubo consecuencias”. Más del 40% de los presos habían presenciado un maltrato y más del 50% habían sido testigos de la muerte de un animal a manos de otro individuo. Aunque sólo el 16% admitió haber maltratado un animal, el 31% reconoció haber matado a un animal abandonado. A pesar de que no se encontró ninguna asociación entre el haber sido testigo, haber cometido un acto de crueldad hacia animales y los cargos criminales, los investigadores elaboraron sus conclusiones con algunas reservas ya que destacaron que la tasa basal de exposición a crueldad hacia los animales era muy alta (71%) para la muestra correspondiente a los presos. En la investigación de crueldad hacia los animales y violencia subsiguiente, Merz-Perez y Heide (2003) recopilaron información de 45 presos violentos y 45 no violentos encarcelados en Florida en una cárcel de máxima seguridad (ver también Merz-Perez et al., 2001). Su estudio usó un amplio rango de variables de crueldad hacia los animales incluyendo la frecuencia y el ser testigo de un acto de crueldad por parte de un miembro de la familia, amigo, conocido, o extraño. Cuando examinaron la medida de frecuencia de crueldad hacia los animales, su análisis corroboró la relación entre actos previos de crueldad hacia animales y actos posteriores de violencia hacia humanos. Los presos violentos explicaron haber sido testigos en un porcentaje ligeramente mayor (75) que los no violentos (67), aunque la diferencia no es estadísticamente significativa. Sin embargo, Merz-Perez y Heide (2003) también concluyeron —a partir de sus datos cualitativos— que varios de los participantes violentos de la muestra habían sido testigos del mismo maltrato por parte de un amigo en repetidas ocasiones. También destacaban el hecho de que algunos de los participantes, tanto violentos como no violentos, “explicaban abusos que incluían la victimización de animales de compañía que habían sido maltratados o muertos por una figura paterna. En conclusión, destacaron la necesidad de investigar los efectos de la exposición a la crueldad hacia los animales cometida por otros.

Posibles motivos del por qué los niños son crueles con los animales

La primera clasificación de los motivos por los cuales los niños eran crueles con los animales la proporcionó las investigaciones de Kellert & Felthous (1985), en una muestra de criminales y una de no criminales, donde se identificaron nueve motivos para ser cruel:

  1. controlar al animal.
  2. satisfacer prejuicios contra otras especies o razas.
  3. expresar agresión.
  4. aumentar la propia agresividad.
  5. sorprender a la gente por diversión.
  6. como represalia contra una acción del animal.
  7. como represalia contra otra persona.
  8. como desplazamiento de la hostilidad de una persona hacia un animal, 9) o sadismo no específico (Kellert & Felthous, 1985:1122-1124).

Una de las limitaciones que presenta esta clasificación es que se basa en datos retrospectivos, por lo que es difícil saber con exactitud cuáles eran las motivaciones en el momento del maltrato. Otros investigadores, dentro del estudio de la motivación de los niños para ser crueles, se han centrado directamente en los menores (Ascione, Thompson & Black, 1997; Boat, 1995). Se apunta la interesante posibilidad de que los padres u otros adultos puedan utilizar la educación sobre el trato respetuoso y humanitario hacia los animales para eliminar la conducta cruel (Ascione, 1999). En una investigación, los niños en situación de riesgo relataron varios motivos:

Intento de identificarse con el agresor, imitar el comportamiento observado, modificar el estado de ánimo, someterse a la presión de compañeros o experimentar estimulación sexual (Ascione etal. 1997). Se ha observado que cometer]actos de crueldad hacia animales es un requisito de las pruebas de admisión en algunas bandas juveniles (Ascione, 1999)

En ocasiones, el estudio de la crueldad infantil hacia animales ha implicado al contexto familiar y, en menor grado, a los factores asociados al niño. En muestras de adultos crueles con animales, se recogen a menudo historias de abusos sexuales en la infancia; mientras que los adolescentes maltratadores de animales presentan una relación parental, familiar y con compañeros más negativa que los no maltratadores (Miller & Knutson, 1997).

La crueldad hacia los animales es más frecuente en hogares con episodios de violencia doméstica y alcoholismo o abuso de otras drogas por parte de los progenitores (Felthous & Kellert, 1987). Por tanto, la detección del maltrato al animal puede ayudar también al descubrimiento de otros comportamientos violentos y hacer posible una intervención más temprana10. Aunque existen pocos estudios centrados en factores específicos que ayuden a explicar el desarrollo de la crueldad hacia los animales en niños, un estudio encontró niveles bajos de un metabolito de la serotonina11 en el líquido cefalorraquídeo de una niña de 12 años que maltrataba pájaros y hámsters (Kruesi, 1989). Como es bien sabido, en el
estudio del comportamiento es francamente complicado discernir entre los efectos ambientales y la contribución genética, por lo que los factores infantiles estarán siempre influidos por el contexto familiar o del entorno del niño.

Ejemplos, casos sobre el desarrollo de la crueldad infantil hacia los animales

Muchos niños que son testigos de maltrato a animales por parte de una figura parental acaban desarrollando también este comportamiento (Ascione, 1998; Boat, 1995). La crueldad parental proporciona un modelo para los niños de comportamiento inapropiado hacia los animales. Existen ejemplos de asesinos en serie que podrían haber sufrido este proceso, como es el caso de Henry Lee Lucas, quien a la edad de 10 años fue testigo de cómo el novio de su madre apuñalaba a una ternera y abusaba sexualmente de ésta mientras estaba agonizando. A los 13 años empezó a capturar pequeños animales y desollarlos aún con vida por diversión. Sus primeras experiencias sexuales consistieron en la captura de animales y la realización de rituales sexuales que incluían la tortura y la muerte (Merz-Perez et al. 2001). Su escalada violenta progresó durante 30 años en los que apuñaló, mutiló y asesinó a mujeres, siendo considerado uno de los asesinos en serie más notorios de la criminología (Wright & Hensley, 2003). Otro depredador sexual, Keith Hunter Jesperson, relata entre sus primeras experiencias la tortura y muerte de animales y de cómo su padre le exhortaba a ello. En unas declaraciones desde la Oregon State Penitentiary explicaba el placer que le producía ver el miedo en los animales mientras los torturaba y cómo llegó un momento en que matarlos no significaba nada, empezando sus fantasías de experimentarlo con seres humanos. Existen datos similares en otras biografías de asesinos en serie y de masas que torturaban animales en su infancia13. De entre los asesinos en masa son también estudiados los antecedentes de crueldad hacia animales en los casos de Eric Harris y Dylan Klebold, Kip Kinkel, Mitchell Johnson y Andrew Golden, Michael Carneal, Luke Woodham, Brenda Spencer, Lee Boyd Malvo, entre otros. Resulta especialmente estremecedor el caso de Woodham, quien reconoció en su diario haber golpeado, quemado y torturado a su perro Sparkle hasta la muerte, describiendo el acto como “pura belleza” (Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002). Huelga decir que, en el estudio de las biografías de asesinos en serie y de masas, no es únicamente la crueldad hacia los animales uno de los eventos destacados, sino que existen en numerosas ocasiones varios factores de vulnerabilidad implicados que juegan un papel relevante en su psicogénesis (Hickey, 1991;Ressler, 1998, Cuquerella A. 2004; Querol, N., Cuquerella A., Ascione F., Subirana, M., 2002).

En uno de los casos ilustrativos, después de que un niño fuera golpeado por su madre, se escondió en el porche con su gato y lo estranguló hasta la muerte. Otros investigadores también han encontrado datos que apoyan el fenómeno del desplazamiento de la hostilidad a un animal en un entorno hostil (Boat, 1995; Schowalter, 1983). Alguna teoría añade que existe algún factor en el contexto familiar que elimina el desarrollo de la empatía. De este modo, la exposición a la violencia que conduzca a la interferencia en el desarrollo de la empatía en el niño podría predecir un comportamiento cruel hacia los animales. La empatía y la autoestima se consideran factores protectores con asociaciones negativas en la conducta antisocial, que mediarían además los efectos de la impulsividad, el psicoticismo y la búsqueda de sensaciones (Baron & Kenny, 1986; Romero et al., 1999b; Sobral, J., Romero, E., Luengo, A., Marzoa, J., 2000). Flynn (1999) encontró que adolescentes que maltrataban animales tenían más probabilidad de maltratar a sus parejas y ejercer castigos corporales a sus hijos. Sugirió que haber cometido actos de crueldad hacia los animales en la infancia podría haber conducido a la ausencia de empatía y otras actitudes implícitas respecto al trato hacia niños o cónyuge. De todos modos, cabe la posibilidad de que la falta de empatía hubiera estado ya presente antes del comportamiento cruel hacia los animales.

Conclusiones

En resumen, podemos concluir que las investigaciones sobre la crueldad hacia los animales son aún insuficientes para comprender la dimensión del problema (Hensley C, Tallichet SE, 2005), hecho que podría atribuirse —entre otros aspectos— a que el fenómeno se produzca en una especie distinta a la nuestra, lo que se denomina especismo (Beirne, 1996).

La investigación de los factores relacionados con el comienzo y la frecuencia de la crueldad hacia los animales constituye una oportunidad de explorar y desentrañar sus influencias y sugerir posibles soluciones y estrategias preventivas. El trabajo de Ascione sugiere además que el ser testigo de actos de crueldad puede empezar a erosionar el desarrollo emocional y moral del niño (Merz-Perez & Heide, 2003), con lo que la intervención temprana sería asimismo esencial para evitar dicho proceso.

Resulta lógica la conclusión de la necesidad de integrar diversos grupos (padres, educadores, maestros, asociaciones de protección animal, trabajadores sociales (Zilney 2001), veterinarios (Landau 1999, Green & Gullone, 2005), pediatras (Muscari 2001), agentes de la autoridad, etc. ) junto con el desarrollo de líneas de investigación por parte de sociólogos, criminólogos y psicólogos para proporcionar unas bases teóricas y comprender cómo se produce el inicio del maltrato infantil-juvenil hacia los animales (Agnew, 1998) e iniciar una intervención adecuada (Lewchanin, S. & Zimmerman, E., 2000; Shapiro, K., 2005). En este sentido, existen diferentes grupos y coaliciones [asociaciones?] que trabajan de manera multidisciplinar para proporcionar una atención más temprana, eficaz y completa a todas las víctimas del llamado ciclo de la violencia.

Como afirman varios expertos, y a modo de consideración final, “cada vez que no tomamos en consideración el maltrato a los animales, somos partícipes de una actitud moralmente injusta” (Solot, 1997) y “perdemos una oportunidad de identificar un comportamiento que podría ser un precursor de violencia contra los humanos” (Merz-Perez et al., 2001: 571).

Lee la investigación completa aquí.

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Un comentario de “Crueldad infantil hacia los animales y la posible futura violencia interpersonal

  1. Игорь dice:

    «Jugar a matar animales que no nos inspiran compasiуn, como los mejillones, es bastante normal. Pero algunos niсos lo hacen de forma reiterativa, incluso disfrutando, y eso es un problema», explica a ELMUNDO.es Francisco Montaсйs, jefe de Psiquiatrнa de la Fundaciуn Hospital de Alcorcуn. En paнses como EEUU, el interйs por este tipo de actos es creciente. No sуlo por la mayor sensibilizaciуn hacia los animales sino por las evidencias cada vez mбs numerosas de la relaciуn entre los actos de crueldad con los animales y otros crнmenes que van desde el consumo de drogas hasta los asesinatos en serie.

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